La Inteligencia Artificial (IA) ha llegado para cambiar nuestra forma de trabajar. Al igual que la Revolución Industrial, iniciada en la segunda mitad del siglo XVIII, la revolución de la IA supondrá una nueva transformación económica, tecnológica y social que nos obliga a enfrentarnos a retos inéditos. El sector terciario, a diferencia del primario y el secundario, seguía dependiendo en gran medida del factor humano pese a los avances tecnológicos de los últimos sesenta años.
La revolución de la IA en la litigación y resolución de conflictos
En el sector legal, el impacto de la IA en los próximos cinco años implicará un cambio en la manera de concebir el trabajo jurídico, no solo en el ámbito del ejercicio de la abogacía, sino también en la Administración de Justicia.
No hay que confundirse, la IA no sustituirá a los abogados, pero los abogados que utilicen IA sustituirán a los que no lo hagan. La empatía, la ética, la estrategia judicial y la gestión emocional del cliente seguirán siendo terrenos estrictamente humanos en los que radicará el verdadero valor diferencial del sector.
No obstante, la automatización de procesos ayudará a que el trabajo de los profesionales ofrezca mayor valor añadido; pero, a su vez, comporta un gran riesgo que incluso puede colisionar con el derecho a la tutela judicial efectiva de quienes buscan en los tribunales el consuelo que no han podido encontrar de otro modo.
En la actualidad, se están observando los primeros riesgos asociados al uso de la IA. Recientemente, el 4 de junio de 2026, una comunicación del Poder Judicial daba noticia de que la Sala de lo Social del Tribunal Superior de Justicia de Galicia había abierto una pieza por “mala fe procesal” contra un abogado por el uso sin verificar de IA en un recurso.
Igualmente, ya es conocido el primer caso en el que una fiscal estadounidense ha sido inhabilitada durante seis meses por citar jurisprudencia inventada por un modelo de IA en un caso de asesinato en el que el acusado fue condenado, resolución que actualmente ha sido anulada.
En cualquier caso, las «alucinaciones» no son el peor de los escenarios, ya que la irrupción de la IA generativa puede incluso alterar la manera de probar los hechos objeto de un procedimiento judicial, debido a que cualquier empresa o particular puede crear en cuestión de minutos documentos, imágenes, voces o vídeos con un nivel de realismo suficiente para generar conflictos jurídicos complejos.
Lo expuesto no deja de ser la antesala del mal uso – o abuso – de una herramienta tecnológica que va a transformar el sector legal en los próximos años y que puede terminar suponiendo un enorme riesgo si no se emplea con las debidas cautelas.
En este sentido, una sentencia judicial podría terminar siendo un mero trámite documental asistido por un modelo de IA que, por cubrir el trámite procesal y no causar indefensión a las partes, fuera dictada tras la celebración de un juicio en el que la prueba a practicar haya quedado completamente relegada a un segundo plano.
El nuevo paradigma legal
Por ello, el Consejo General del Poder Judicial aprobó la Instrucción 2/2026, de 28 de enero, sobre el uso de la IA en el ámbito de la Administración de Justicia, con la finalidad de “dotar a jueces y magistrados de un marco de actuación claro, homogéneo y coherente con la normativa en esta materia”.
A fin de cuentas, la IA empleada sin la suficiente supervisión humana, en vez de suponer una mejora de la eficiencia y una reducción de cargas, supone un enorme riesgo para los intereses del cliente y del propio profesional. Como nos recordó Miguel Hermosa, presidente de la subcomisión de justicia digital del CGAE, “la IA no tiene responsabilidad civil ni deontológica”; en cambio, “el abogado sí”.
Por ello, la responsabilidad personal, el compromiso con la excelencia y el buen hacer profesional son lo que va a marcar la diferencia en el uso de la nueva revolución que supone la IA.
En definitiva, la inteligencia artificial no deja de ser una herramienta más al servicio del profesional jurídico. Como toda herramienta poderosa, es de doble filo: puede multiplicar la eficiencia, mejorar la calidad del análisis y acelerar la toma de decisiones, pero también puede amplificar errores y generar riesgos si se utiliza sin criterio ni supervisión.
El verdadero valor no residirá en la tecnología en sí, sino en quien la utiliza. Será el profesional, con su conocimiento experto, su capacidad crítica, su ética y su visión estratégica- quien marque la diferencia en un entorno cada vez más automatizado. En este nuevo paradigma, la excelencia no vendrá de delegar en la IA, sino de saber integrarla de forma inteligente, responsable y alineada con el interés del cliente y las garantías del sistema judicial.
Porque, al final, no se trata de sustituir el criterio jurídico por algoritmos, sino de reforzarlo con herramientas que, bien utilizadas, pueden elevar el estándar de la práctica legal. El reto ya no es tecnológico, sino humano.
Autor: Andrés Sanchís, abogado del equipo de Procesal y Arbitraje.